Estamos a punto de celebrar, una vez más, el nacimiento de nuestro Señor y Salvador. La Encarnación es un don maravilloso que se nos ha dado: Dios se hizo hombre para darse a conocer a nosotros. Su nacimiento fue el comienzo necesario de su misión de redimir al mundo y reconciliarnos con Dios. Vino y nos enseñó que Dios es… Amor.

Entonces, ¿por qué tanta gente se ofende porque la Iglesia tiene algo que decir sobre el amor sexual? ¿Quién no ha oído que la Iglesia necesita «¡mantenerse fuera del lecho conyugal!»? Y sin embargo, ¿qué mejor lugar para que reinara? El mundo ha perdido tristemente el contacto con el significado más profundo del sexo. Se ha reducido a algo en gran parte recreativo y definido principalmente por pasiones equivocadas.

A medida que crecía, mi comprensión de lo que era una blasfemia se limitaba al uso de malas palabras. Mi entendimiento se amplió durante una clase de etimología universitaria cuando supe que la raíz latina de la palabra era profanus, o literalmente, antes (fuera del) templo. Profanar significa tratar algo sagrado con irreverencia o desprecio, o violar su santidad. Cuando insulto a alguien, violo su dignidad como una persona creada a imagen de Dios. Del mismo modo, la pornografía reduce al individuo a algo que se pude utilizar, en lugar de alguien a quien se debe amar.

Cuando nos alejamos del designio de Dios para el sexo, lo profanamos. Efesios 5:31-32 nos dice que los dos se convertirán en una sola carne, y que «este es un gran misterio, pero hablo en referencia a Cristo y a la iglesia.» El amor matrimonial es diseñado por Dios para reflejar el amor de Cristo por su Esposa. La Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II afirma que esto significa que nuestros actos de amor conyugal deben ser libres, totales, fieles y fecundos. Cuando no lo son, incluso cuando usamos anticonceptivos, profanamos el significado de nuestro amor.

Al aprender más acerca de la teología del cuerpo, llegué a apreciar el valor que tenemos como personas humanas a los ojos de Dios. Solía tener la impresión de que los ángeles eran mejores que nosotros porque eran seres espirituales como Dios. Pero como personas humanas, tenemos el inmenso honor de ser co-creadores con él. Los animales y las plantas se reproducen, pero no tienen almas. Los ángeles no pueden co-crear porque no tienen cuerpos. Como seres humanos somos los únicos llamados a participar en la creación continua de Dios de almas cuyo destino es la vida eterna con él en el gozo del Cielo. Esta es precisamente la razón por la que la Iglesia tiene algo que decir sobre el acto mismo que lleva el potencial de la procreación. Dejados a nuestras propias pasiones imperfectas, caeríamos en blasfemias cada vez.

Pero la Encarnación es la declaración de Dios de que no nos dejaría solos. Su Hijo entró en nuestro mundo para mostrarnos lo que es el verdadero Amor, incluso lo que significa ofrecer un don completo de nosotros mismos a nuestro cónyuge. Igual que Su presencia en nuestro mundo nos condujo a nuestra redención, pidamos que Su presencia en nuestros dormitorios redima nuestros matrimonios mediante la santificación de nuestro amor sexual.

— Ann Gundlach
Directora Comunicaciones